12.5.08

La gota de lluvia (fábula)


Érase una pequeña gota de lluvia que viajaba en una nube blanca, surcando los vientos por encima de continentes y océanos. Asomada a un lóbulo de la nube contemplaba la tierra desde arriba, le daba el viento en el rostro y se sentía tranquila. El ocre significaba el sur -campiña-, el verde la selva -los trópicos-, y las tonalidades de azul indicaban la profundidad del mar. Así se lo había dicho la nube. La pequeña gota fantaseaba, miraba y soñaba con la eternidad. Una tarde llegaron unas golondrinas haciendo dibujos en el aire hasta la nube. La pequeña gota de lluvia sintió mucha alegría de verlas y les preguntó llena de felicidad: "¿Amigas golondrinas, de dónde venís por favor? Habladme de las tierras de allí abajo, de qué pais tan maravilloso procedéis que vuestras alas son azuladas y vuestro vientre blanco". Las golondrinas sonrieron con ternura por su inocencia sin dejar de hacer preciosos círculos en el aire: "Venimos de un país muy al norte, allí el cielo es azul, y por eso tiñe nuestras alas al volar; la tierra está siempre nevada y refleja el blanco en nuestro vientre; hay un bosque maravilloso de árboles gigantes que protegen a los pájaros del frío; está circundado por un río que desemboca en un pantano, con anfibios, plantas acuáticas y aves zancudas en sus orillas; ese bosque y el pantano conforman el paraíso". La pequeña gota de lluvia lloró de alegría, de sus ojos nacieron reflejos con las imágenes que escuchaba, poblando de sueños la transparencia de su mirada. Las golondrinas desaparecieron a través de la nube, y la pequeña gota de lluvia quedó con la vista perdida en el azul de la lejanía.

La nube, comprendiendo cómo se sentía la gota de lluvia dijo: "Si saltas hacia el bosque blanco ya no sabrás regresar, aquí estás bien, quédate, viajarás siempre conmigo y con el viento". La gota, haciendo caso de su condición le dijo con sumo cariño y serenidad: "Te estaré eternamente agradecida, me has ayudado a nacer y siempre me has protegido de tormentas y huracanes, pero siento que estoy creciendo y mi destino es saltar a tierra, hasta ese bosque que es el paraíso" La nube entristeció, pero en el fondo supo que no podía truncar el curso natural de la gota de lluvia, la caída a tierra, que era su verdadera condición.


La gota saltó, saltó sin saber muy bien hacia dónde, guiada por su instinto. Caía imparable, atravesando noches y días, vientos arenosos del desierto que le hacían daño, atravesando furiosas tormentas con relámpagos ensordecedores. La gota no veía nada, se sintió confusa, no veía el paraíso que le habían contado las golondrinas, tampoco podía regresar ya a su nube protectora. La pequeña gota de lluvia se sintió perdida y durmió desorientada en su descenso hacia la nada.

Un día el sol de la mañana la despertó. Todo era celeste, un azul amable y luminoso inundaba sus ojos de reflejos maravillosos. Miró hacia abajo y quiso ver a lo lejos el bosque blanco, pero desilusionada vio que estaba desdibujado. Los árboles gigantes estaban casi borrados, las aves zancudas del pantano habían emigrado y un miedo atroz se apoderó de ella. En ese instante aparecieron las golondrinas haciéndo círculos graciosos, sonriendo de nuevo entrelazadas y diciendo desde lejos:" !Pequeña gota de lluvia! ¡ten confianza, no tengas miedo y continúa tu viaje, no temas desorientarte y haz caso sólo a tus sueños!" y con este consejo desparecieron. La gota de lluvia, imparable hacia abajo veía la tierra cada vez más cerca, el blanco del bosque se tornó en ocre, en rojos, en tierra seca y estéril. La gota de lluvia lloró desconsolada. La nostalgia de su nube y el temor a morir evaporada le causó mucha tristeza; pero recordó a las golondrinas y confió.

Sólo faltaban unos metros para llegar al suelo, la tierra estaba llena de piedras y terruños, pero inexplicablemente, de una de las grietas del terreno, una brizna verde asomó en su último esfuerzo. Era un tallo, casi seco, a punto de morir de sed. La gota de lluvia -multiplicada en llanto- se posó encima nutriendo de agua la incipiente planta devolviéndole así la vida.

Desde muy arriba en la nube, las demás gotas de lluvia vieron lo sucedido, y comprendieron que su destino no era viajar siempre con el viento, sino el de fertilizar el campo haciendo posible el ciclo natural de la vida. Inmediatamente la lluvia actuó cayendo incesante sobre el pedregal. La pequeña gota se alegró de ver a sus hermanas, y llovió durante días. El arco iris marcó el comienzo de la fertilidad, y con la ayuda del tiempo el tallo se convirtió en un árbol robusto de copa grande y generosa. La lluvia sobrante formó un río, también un precioso pantano. Acudieron animales perdidos desde hacía tiempo, crecieron flores de todos los colores imaginables y vinieron multitud de pájaros guiados por las sabias golondrinas, conformando entre todos un nuevo y maravilloso bosque.

La pequeña gota de lluvia evolucionó hasta convertirse en savia, y el árbol en sombra para los mamíferos y cobijo para las aves. El río, el pantano, el bosque, formaron una tierra rica en minerales, templada y habitable. Desde entonces el agua y el árbol -siendo ya paraíso- disfrutaron de los amaneceres; de la brisa del mediodía; de los atardeceres anaranjados, con miles de pájaros acompañando al horizonte, anticipando con su vuelo la noche púrpura. Reinó la paz, disfrutaron de la inmensidad del firmamento, y de todas las estrellas.



13 mayo 2008 - derechos reservados

5.5.08



Solíamos subir a la terraza de la casa de campo. Siempre había agujas de pino caídas por el suelo. Recuerdo la sombra del árbol, recuerdo que matizaba la luz, recuerdo la lejanía entre su copa y la barandilla. Recuerdo a mi padre muy fuerte, y recuerdo sobretodo su protección. Fue mi primer pintor. Gracias a él comprendí que la pintura servía para expandir el espíritu, y también para no avergonzarse de soñar. En mi casa, el mundo de sueños de mi padre -a través de sus cuadros- era una cosa normal, tanto como para otros niños que su padre hablase de cómo le había ido en el trabajo. Cuando yo tenga un hijo, él habitará mi mundo de sueños -como yo habité el de mi padre-, se lo enseñaré con mis trabajos, hablándole, queriéndole con historias de sauces y peces, de árboles y rocas, de cielos y nubes caprichosas.
Recuerdo con nitidez un día de viento, en esa misma terraza; mi padre señaló con el dedo una nube y me dijo: "¿la ves miguelillo?" yo dije: "sí!" "pues ahora te voy a tapar los ojos diez segundos, y cuando te quite la mano busca la nube que viste y dime dónde está." Cuando mi padre me quitó la mano de la vista y busqué la nube, ya no estaba. Él me sonreía y yo le sonreí a él, en ese instante supe que mi padre había hecho magia.
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Hacer soñar a quien quieres, en eso consiste el amor.

4.5.08

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